Por Juan Pablo Meneses
Ilustración: Gabriel Gutiérrez

Tanto peca el que la cría como el que se la come.
Por no hablar de quien le clava el cuchillo y divide su carne en jugosos cortes. Qué dirían en la India si leyeran esta crónica sobre una pasión y una industria nacional, tan argentina como el futbol y el tango, una historia sobre la crianza de un animalito que, como Maradona en sus tiempos de artillero, será acribillado por lo fatídico y lo irremediable. Bueno, no se trata de que la vaca sea goleada, sino muerta como todos sus congéneres en el país de las vacas: Argentina, donde cada persona se zampa sesenta kilos de carne al año




México se sumó a la fiebre de las vacas. De hecho, varias de ellas ya tomaron el DF y no pocas fueron muuuu… tiladas. Pocos se resistieron a su mugido y niños y adultos, artistas y restauranteros, se pusieron a pintar su propia vaca.
Vacas falsas, por cierto. Vacas de acrílico. Pero vacas al fin. Es que la vaca está de moda. En los últimos meses las vacas pintadas de la CowParade han recorrido media Europa, desatando una fiebre provacuna que no deja de sorprender. De pronto, pareciera que el mundo ha descubierto a las vacas. Antes de esa fiebre repentina, poco antes, decidí comprarme una vaca. Y esa vaca será, y está siendo, la protagonista de mi próximo libro
El plan es el siguiente: Tengo una vaca y la voy a matar. Es el plan más simple que se puede tener en la Argentina de hoy (donde los candidatos a senadores se acusan mutuamente de mafiosos, asesinos y narcotraficantes). No creas que es un plan original. En este mismo instante 50 millones de vacunos, repartidos por todo la Argentina (el país de las vacas, según Eric Clapton), pastan tardes enteras en espera del mismo desenlace. Pero esta es mi vaca. Y es mi plan. Y en ese animal, que pronto voy a matar, está puesta mi carne: literalmente.
Ya van catorce meses desde que me hice cargo de esa vida recién nacida. De esta criatura que he visto crecer, que le procuro comida y, también, que preparo para su propia muerte. Reconozco que para más de algún incrédulo puede sonar bastante extravagante esto de tener una vaca en Argentina (comparable a tener un canguro en Australia o un león en Kenia). Pero más que una mascota, y esto debe entenderse muy bien, en este país la vaca es —por sobre el futbol— parte fundamental del motor económico. Es decir, el propósito de desarrollar una ternera en un país eminentemente ganadero equivale a tener una pequeña veta de petróleo en Kuwait, un árbol de plátanos en Ecuador, un sitio de tapas en España o una tienda de municiones en Estados Unidos. “La carne es nuestra industria más importante y debes pensarlo como que cada vaca es una chimenea de esta fábrica”, me dijo hace poco un tipo con mil 500 vacunos.
Según datos de un estudio de consumo de carnes que realizó el Instituto Promoción de la Carne Vacuna Argentina (IPCVA) junto a la consultora TNS Gallup, ni más ni menos que cien por ciento de los consultados revelaron que habían comido carne vacuna al menos una vez. El estudio indicó que los argentinos consumen 68 kilos de carne al año, de los cuales 62 kilos corresponden a comidas en el hogar. Y con respecto a la periodicidad del consumo, 32 por ciento de los consultados señaló que come carne entre tres y cuatro veces por semana, 17 por ciento lo hace entre seis y cinco veces y 29 por ciento reconoció que la consume todos los días. El corte más consumido es el asado, con 57 por ciento y 43 por ciento se inclina por el consumo de carne de novillo.
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La primera vez que vi a La Negra, ella apenas aprendía a caminar, sólo pesaba unos doscientos kilos y no se despegaba de su madre. Hasta ahora no debe sospechar que dentro de algún tiempo tendré que matarla. Todavía no, pero la idea es que tras varios meses de continuar engordando, La Negra perderá la vida gracias a un golpe eléctrico entre sus ojos. Después, si todo sucede dentro de lo programado, habrá que inflarla artificialmente para sacarle la piel y, por último, pisando un grueso charco de sangre, el matarife la descuartizará con minuciosidad para rescatar esos kilos de carne que enviará a los supermercados y carnicerías.
 
La Negra es el nombre con que he bautizado a mi vaca. La compré en las afueras de Buenos Aires a inicios de mayo de 2004 y, cuando lo decida, se exhibirá en las estanterías refrigeradas de los almacenes. Las amas de casa irán a comprar a La Negra por pedacitos con el fin de llevársela a sus casas y reunir a la familia alrededor de un buen asado. Pero, claro, todo eso podrá suceder al final de esta historia. Cuando la vaca, que ahora corre y pasta en un campo argentino, muera.
Según el rigor del lenguaje ganadero, La Negra no es aún una vaca. Las vacas recién nacidas son terneras hasta los diez meses. Luego son vaquillonas hasta los quince, y una vez que nacen sus primeras crías, pasan a llamarse formalmente vacas. Un ciclo de vida equivalente al de niña-señorita-señora. La que me he comprado es en realidad una niña. Pero no una de esas niñas recién nacidas que por cinco mil dólares las venden a matrimonios europeos que llegan de compras a Latinoamérica. No. La Negra es una simple niña-vaca, cruce entre Angus y Hereford y que, debido a un trato, sigue creciendo junto a su madre-vaca, pastando con ella en el campo Don Lorenzo, a unos setenta kilómetros de La Plata.
Nos vimos por primera vez una mañana, cuando su tamaño era similar al de esos sillones de cuero de vaca que tanto se venden en Buenos Aires. Decidí tomarle unas cuantas fotos, y uno de los trabajadores de Don Lorenzo tuvo que meterla en un corral enano. Se quedó sola, por primera vez sola, hasta que entré tímidamente cargando la cámara. Casi nos desmayamos los dos de puro susto. Ella, por enfrentarse a un tipo que en lugar de cabeza tenía una cámara de fotos. Y yo, por estar frente a la criatura que acababa de comprar y a la que debía procurarle comida y confort hasta su muerte. Fue entonces que La Negra, conmovedoramente, se meó. Tal vez sospechaba que ver a un ser humano de cerca podía significarle el mismo final que el de esas setenta mil vacas que se matan semanalmente en toda la Argentina. Lo que aún no sabía era que a diferencia de las cincuenta millones de reses que habitan este país de la carne más famosa del mundo, la suya no sería una vida anónima. La Negra —y esto es el origen de todo— será la protagonista de un libro.

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No es fácil comprarse una sola vaca. En ganadería, uno equivale a nada. Sin reproducción no hay negocio. Tampoco es sencillo conseguir que alguien te la venda, y que además la críe. Después de varios intentos fallidos conseguí el nombre de Juan Jorajuriá, un hombre de ojos claros, manos duras y con unos sesenta años trabajando en el campo. Supe que vivía en La Plata y que criaba animales. Entonces fui a su casa, en un viaje en bus de un dólar y medio que parte de Buenos Aires y que luego de una hora te deja en esa Argentina rural que sólo unos cuantos conocen. La llamada nación ganadera es un país que basa sólo seis por ciento de su economía en las vacas, aunque, por extraño que parezca, vive de ellas y por ellas. Cada argentino, aun en crisis económica, come más de un kilo de bife a la semana.
—Una vaca recién nacida te sale unos doscientos pesos —me dijo Juan Jorajuriá, hablándome en moneda argentina.
Hicimos el trato. Y así, con setenta dólares, compré a La Negra. Ese negocio pactado entre caballeros con un simple apretón de manos ha seguido por buen camino. Cada cierto tiempo voy a visitar a mi vaca al campo donde crece. Jorajuriá la alimenta y la mantiene sana y, con la venta final, descontará algunos gastos extra de su manutención. En algunas semanas tendremos que marcarla: es decir, estamparle en el lomo mis iniciales con hierro caliente. Jorajuriá ha dicho que ese día mataremos a una vaca anónima para hacer un gran asado.


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La idea de matar a La Negra no es nada personal contra ella. El libro que pretendo escribir sobre su vida seguirá la cadena de un proceso que se inicia con el nacimiento de una vaca y termina con los pedazos del animal en las mesas de un país. A pesar de los alaridos de algunos defensores de los animales, y de las rabietas de los raquíticos vegetarianos, todos los ganaderos con los que me he reunido —desde que soy un ganadero más— están convencidos de que la carne bovina aporta proteínas de calidad a una dieta. Es decir: la carne de La Negra tiene todos los aminoácidos que una persona necesita y, por si fuera poco, es de alta digestibilidad. Si te la comes, ella será absorbida casi completamente por tu cuerpo.
Relatar la vida de La Negra es, así, una excusa para contar uno de los procesos alimenticios más importantes del ser humano. Y también para hablar del desarrollo de un país con una alucinante cultura por la carne. La historia de Argentina vista desde una vaca se remonta a cuando Juan de Garay, fundador de la ciudad de Buenos Aires en 1580, trajo las primeras quinientas cabezas de ganado desde Paraguay y las soltó en la extensa pampa argentina. Desde que vivo en Buenos Aires me ha sorprendido ver en las calles a esas mujeres anémicas que padecen la enfermedad de querer estar hiperflacas sin comer carne. No tiene sentido. Al menos no en este país donde un buen bife de 800 gramos te puede costar tres dólares. Y sin grasa.

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Me gusta pensar que con sólo setenta dólares puedes conseguir la trama para un buen libro. O dicho de otra manera, con apenas setenta dólares puedes aterrizar una obsesión de ocho años. Mi fascinación por el tema de la carne empezó en 1998. Ese año, viviendo todavía en Chile, publiqué en una perdida antología de aspirantes a escritores el cuento “Carnicería humana”. El argumento era simple: un estudiante de medicina abandonaba los estudios para trabajar de filetero en una carnicería de barrio. Debido a su destreza con el bisturí, a los bifes y al consumo adiposo de sus vecinos, armó un verdadero imperio de la carne. La historia no era nada del otro mundo, pero la idea se instaló en mi cabeza y no dejó de crecer. Cada vez que pasaba frente a una carnicería, recordaba que la carne era mi tema. Mi gran tema.
Coleccioné figuritas, aprendí sobre cortes de carne y supe que hasta los peines están hechos a veces con huesos de vaca. Años después, cuando mi obsesión cárnica empezaba a decaer, una serie de casualidades hizo que terminara viviendo en Argentina, este país donde cada persona consume al año un promedio de sesenta kilos de carne. Otra vez, la sangre de unos animales degollados me llamaba. La vida y la muerte y el consumo.

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Es raro pensar en una vaca de verdad casi todo el tiempo. Más fácil es pensar en vacas plásticas, como la de las CowParade, que podrás pintar con colores vivos y chistosos y con amigos. El problema de pensar en una vaca viva es que si te encariñas, ya no será tan fácil mandarla a matar.
Por lo mismo, he llegado a pensar en la posibilidad de encariñarme con ella y perdonarle la vida. Cuando les he hablado de esta posibilidad a algunos ganaderos dueños de miles de vacas, ellos me han respondido con una risotada.
—Si quieres encaríñate, hombre, pero nunca olvides que el ganado es un negocio.
Eso me dijo un hombre que tiene mil quinientas vacas, dos camionetas blindadas de doble tracción, y toda una fortuna conseguida a costa de estos animales que no sonríen ni hacen ninguna gracia.
Desde la primera vez que hice público mi proyecto en un diario chileno, no han dejado de lloverme críticas y comentarios. Una lectora llegó al extremo de mandar una carta dirigida a la propia vaca. “Sólo espero que con tu natural y tierna timidez, ganes la partida y no termines faenada y asada en algún plato”. Pero además de los muchos lectores que escriben a favor de la vida de La Negra, otros, no pocos, están de acuerdo con su muerte, y hasta piden que mi vaca termine en la parrilla. Un periodista argentino me mandó el siguiente correo electrónico: “Voto por el asado, y me tomo el atrevimiento de pedir una mollejita”. También me ha escrito una colombiana contándome que cuando tenía seis años, un vecino de su casa de campo tenía una vaca que se llamaba Lucero, y que “Lucero venía cuando tú la llamabas. Saludaba. Le gritábamos ¡Lucero!, y ella hacía mooooo. Nunca me olvidaré de Lucero”, dijo ella, antes de contarme que desde hace varios años no prueba carne, que no le hacen falta los bifes, y que por favor no mate a La Negra.
La realidad, sin embargo, no es amiga del romanticismo. Gran parte del ganado de engorde pasa casi toda su vida en pequeños lotes de alimentación superpoblados. Cada vez las vacas crecen más incómodas y apretadas, y ahora que el pasto ha dejado de ser su alimentación principal, ya no necesitan ni siquiera salir al campo. Son los tiempos del maíz. Las vacas de producción crecen con menos espacio y son sometidas a castraciones y a la extracción de sus cuernos sin anestesia. Los granos y las dietas superproteicas les provocan constantes malestares digestivos. Las trasladan en camiones repletos de otros animales hacia los mataderos, en viajes de noches eternas donde deben ir de pie y, si una se acuesta, entonces el chofer del camión baja y la levanta a golpes.
Todo con tal que produzcan buenos kilos de filete, porque para eso, dicen, nacieron las vacas. Hay quienes las alimentan incluso por tubos que van directamente al hocico, en grandes compartimentos donde cada vaca está pegada a la otra. Todavía no se llega al extremo de los cerdos, que los hacen crecer en cajas de madera y los van inflando de comida, de modo que a los meses quedan con las piernas atrofiadas por no moverse y ya no pueden cargar sus pesados cuerpos, hinchados artificialmente. Igual, muchas vacas amanecen muertas por tantos químicos que les inyectan para que no fallen en su tarea de tragar y engordar, en una carrera loca por producir más con menos costos. Para eso, o para que las pinten, es que viven las vacas del mundo moderno. Y por eso voy a matar a La Negra.

NOTA FINAL:

Cuando este texto estaba por entrar a imprenta se produjo una muerte.
No. No fue la vaca.
Juan Jorajuría, el hombre a cargo del campo donde engorda La Negra, sufrió un infarto al corazón.
Fue enterrado al día siguiente de su muerte.