A veces la realidad y la ficción interactúan: en 2003, en plena invasión a Irak, un individuo lanzó una convocatoria pública desde las calles de la ciudad de México para derrocar con tácticas de guerrilla al presidente George Bush. Este año, en Cancún, el mismo personaje incitó a los turistas extranjeros a secuestrar un crucero para entregárselo a la comandancia zapatista a su paso por la costa quintanarroense, e integrarlo a la Marina de Liberación Nacional.
Hace unos días estuvo en Bolivia llevando cartas a la embajada de su país de origen, Estados Unidos, donde pedía al gobierno de Washington sacar las manos del país andino, respetar su soberanía. Casi fue arrestado. Y fue a las oficinas de las transnacionales que se quieren apropiar de los recursos naturales bolivianos, para invitarlas a jugarse su salida pacífica en un juego de rayuela, muy popular en las cantinas de allá, aunque lo único que logró fue el desaire de los millonarios y una buena borrachera con chicha que le hizo tener la siguiente alucinación, “casi religiosa”:
Yo, Che Guevara, aparezco ante ti, gringo sin empleo que odia a Bush, para encomendarte hacer penitencia por los pecados de tu país. Debes convencer a todos los turistas de las naciones que han explotado esta tierra que deben esclavizarse y trabajar sin salario en las minas y los campos de los cocaleros, hasta que todos los daños causados hayan sido reparados. ¿Alguien dudaría si dijera que algunos turistas aceptaron esclavizarse? ¿O que convenció a Óscar Olivera, uno de los protagonistas de la famosa Guerra del Agua, a ver una presentación el power point sobre cómo esclavizava a los turistas, para luego regañarlo?
Estamos narrando hechos reales, no de ficción, aunque la ficción nace por sí misma por lo inverosímil de esta narración. Es el surrealismo creado cuando se hace interactuar la realidad, gente real, con personajes de ficción, los cuales, sin embargo, están basados en personajes reales. Personajes como éstos: ¿alguien se acuerda de aquél grupo de jóvenes estadunidenses que llegó a Oventic para insistir hasta el cansancio a los tzotziles que necesitaban un teleférico en su comunidad, para atraer al turismo y salir de la pobreza en que viven? Aquí no hay invento argumental, los sucesos ocurrieron. Simple encuentro de visiones del mundo diferentes.
Pues este juego de imágenes de realidad y artificios le ha salido muy divertido a Gregory Berger (1973, Nueva York, antropólogo), quien llegó a México en 1998 para participar en una película de ficción sobre la frontera norte y se quedó a documentarse sobre los movimientos radicales mexicanos, de tal modo que se convirtió en documentalista y, finalmente, en un personaje que interactuó con la realidad que captaba en sus videos.
Ha realizado y protagonizado una aventura fílmica difícil de catalogar, que ha recorrido universidades, galerías de arte, salas de cine y foros alternativos internacionales, donde siempre ha dado amenas y gratificantes sorpresas. Apenas el año pasado el Museo de Arte Moderno de Nueva York exhibió en sus salas el documental Tlalnepantla, el precio de la democracia –la historia de la comunidad morelense masacrada por orden del gobierno de Sergio Estrada Cajigal–, mientras el Guggenheim exhibió Gringo-Thon –la historia del fallido intento golpe de Estado.
Y es que ver a un policía de tránsito de la ciudad de México, lo mismo que a un pasajero de microbús, apoyando el derrocamiento del gobierno de Estados Unidos, es algo que sólo Gringotón, es decir, el personaje creado por Berger: Greg mismo exagerándose y burlándose de sí mismo, también conocido como Gringoyo, ha podido conseguir.
Cuando Ernesto Zedillo popularizó el mote de “turista revolucionario” al referirse a los extranjeros que durante su sexenio viajaban a Chiapas para apoyar al EZLN, Greg iniciaba su trayectoria de documentalista de la situación política mexicana. La guerra en Irak fue la gota que derramó el vaso: agarró el mote a botepronto y salió a la calle con su cámara para filmar Gringotón, cinta donde utiliza los mecanismos de sobrevivencia de los vendedores ambulantes, limpiaparabrisas, cantantes (interpreta rock mexicano traducido al inglés) y demás fauna callejera urbana, pero con la vestimenta típica del turista que viaja a las playas –hawaiana, botas de montaña, short y sombrero de paja–, con la voz exagerada como gringo y ambulante, para demandar apoyo y lanzarse a derrocar al presidente del país del cual, en voz de Berger, “nunca habíamos visto tal arrogancia y prepotencia”.
Lo buscamos en su lugar de residencia, en Tepoztlán, Morelos, donde reside con su esposa mexicana. Nos platica sus comienzos como documentalista:
“Trabajé en corporativos haciendo videos sobre sus actividades en el estado de Morelos. Luego usaba el mismo material de esos corporativos para documentar cómo se estaban expropiando de los ejidos y toda la contaminación que se generaba por la actividad industrial de esos corporativos”. Robaba los videos de los corporativos, acepta, algo que recuerda las recomendaciones del escritor Chuck Palahniuk a sus paisanos en sus irreverentes novelas.
Pero él redondea esta idea: “Regalo todos mis documentales a los grupos donde trabajo para que le saquen copias y los utilicen para financiar sus actividades. Hago mis videos para los activistas de México, América Latina y Estados Unidos. Algunos ya están disponibles en Internet. A veces autopirateo mis materiales para que otros los tengan. Pero en Estados Unidos vendo mis materiales lo más caro que puedo a Universidades y hago giras, cobrando para hacer conferencias y presentar mis videos.
Explica que este proceder surge de una autocrítica: “Hay una larga historia de saqueo de objetos culturales de México para venderlos en Estados Unidos. A veces me cuestiono si no estoy reproduciendo el esquema de saqueo de recursos”.
Y aclara: “Lo que estoy saqueando es una visión medio romantizada de la rebelión mexicana y latinoamericana. Por eso hice la figura del Gringotón, para ponerme bajo la lupa. Gringotón es un personaje creado a partir de una exageración de mí mismo. Es una caricatura de la figura del gringo en México”.
“Me estaba convirtiendo en un etnógrafo de movimientos radicales, y no me gustaba. Era necesario como autocrítica, investigarme a mí mismo en el papel de gringo en México. En ese entonces empezó la guerra en Irak. Estaba lleno de furia e impotencia porque no pude hacer nada desde aquí. Tenía un sentimiento muy sincero para hacer una guerra, una contra-guerra a Bush. ¡Puta, fue tan divertido! La reacción siempre fue más allá de lo que esperaba.
“Lo interesante es ver cómo la gente se abre a ese personaje mucho más que si yo fuera un periodista normal. Si yo me presentara como periodista, la gente no me diría las cosas de manera tan sincera y tan desde su corazón y tan al fondo, como me lo dicen cuando soy Gringotón.
“Cuando la gente me pregunta qué soy: si cineasta, videoasta, periodista, si hago performance, siempre les digo que mi profesión es turista revolucionario.
“Quiero utilizar el humor para hacer una burla de lo que somos nosotros los turistas revolucionarios que vemos estos movimientos desde afuera, pero a la vez caminar una línea fina para crear una caricatura de esa figura, una burla, pero con la finalidad de encontrar una verdadera solidaridad internacional”.
Y anuncia que vienen más episodios del turista revolucionario en Venezuela, Colombia y Brasil. Por lo pronto habrá que esperar hasta junio la alucinación del Che, para reír. Y un duro documental sobre el aborto, para llorar.
|